Pesadilla 

Viajando en todas las noches del trabajo a casa, moviendo los pedales del carro a diversas velocidades, el sueño algo fatigoso, los árboles se repetían de manera repetida una y otra vez. El hambre se hacía algo esporádico y las galletas de mi abuela horneadas salían de la mochila. No podría soltar el freno, era casi la media noche y repetía lo mismo por una calle solitaria. Pronto el panorama se repetía, los árboles se agitaban más veces y pasaban cada vez más rápido; entre ellos corría una persona vestida de bata blanca queriendo hacer carreras conmigo, corría sonriendo y entre más aceleraba sonreía más.

No quería detenerme porque estaba muy oscuro; el acelerador se hacía cada vez más intenso; el frío agitaba con mayor velocidad los ventanales. Iba cada vez más sintiendo como la carretera se alargaba, los árboles se volvían más grandes, como tratando de consumar el auto. No sé si era un hombre o una mujer, quería gritarle que dejara de hacerlo, que se iba a caer. Empecé a sentir miedo y quería decirle que ya no tendría más combustible para hacerla reír. Así que el acelerador fue mermando cada vez más el ritmo del movimiento. Me detuve, la persona también lo hizo. Pero su cara no sonreía, sino que cambiaba su espíritu alegre a la zozobra y la tristeza; entre más me detenía era su rostro cada vez más cadavérico, al punto que me detuve y empezó a llorar; pronto ella se iba disfumando hasta el punto de desaparecer. Temblorosa estaban mis piernas, eché el combustible y entre más rápida hacía las cosas el miedo se desvanecía; la noche era cada vez más intensa.

Empecé de nuevo a manejar, y el carro empezaba a marchar con el ritmo de la velocidad, y a medida que los árboles volvían a pasar y seguían repitiéndose en muchas veces; volví a ver la figura que se levantaba del piso y seguía caminando y sonriendo a la velocidad del carro; no quería que volviera a llorar; pero sentía miedo, quería preguntarle que ocurría. Al aproximarme cada vez más a la urbanización, la persona se detuvo entre los árboles y desaparecía a la lejanía del auto. Al llegar a casa quise saber ésta misteriosa historia, al despertar de aquella incansable noche, recordé que aquel depresivo hospital, hacía que mi mente se agravara más a tal punto de recordar mis viajes y recordar que el auto no se detuviera , para no derramar mis lágrimas ante aquellos que dejaron mi historia y mi vida sepultada en éste lugar de pesadilla y angustia.


Autor: Jenny Alejandra Perez Paez
Magíster  en pedagogía y medicaciones tecnológicas
Docente Universitario